viernes, 5 de marzo de 2010

Konstantínos Kaváfis

UNA NOCHE

La habitación pobre y vulgar,
escondida en los altos de la taberna equívoca.
Desde la ventana la calleja,
estrecha y sucia. Y las voces abajo
de unos cuantos obreros
distrayendo su tiempo con las cartas.

Y allí, sobre aquel lecho ordinario y humilde,
el cuerpo tuve del amor, los labios
voluptuosos de la embriaguez, purpúreos
de tal embriaguez que cuando ahora,
después de tantos años, esto escribo
en mi casa vacía me embriago de nuevo.


DESEOS

Como hermosos cuerpos que murieron jóvenes
y fueron sepultados, con lágrimas, en rico mausoleo,
coronados de rosas y con jazmines en los pies,
así son los deseos que pasaron sin realización;
sin que ninguno sobreviviera una noche
de sensual deleite o una mañana de plenilunio



Theodoros Rallis
pinturas
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En esta tumba de un arte consumado,
tallada eternamente en mármol de Siena,
de violetas y lilas recubierta,
yace enterrado el bello Eurión.
Alejandrino, veinticinco años tenía.
De una vieja estirpe macedónica por su padre,
descendiente por su madre de una familia de oficiales.
Fue discípulo de Aristocleito de filosofía,
y de Paros en retórica. En Tebas los sagrados
libros estudió. Y de Arsinoe
escribiera la historia. Eso al menos permanecerá.
Pero lo más precioso lo hemos perdido -su belleza,
perfecta como una visión de Apolo

Por temor a la vulgaridad
cuántas cosas dejo sin decir.
Muchos poemas hay escritos
en mi corazón; y esas canciones enterradas
son las que yo amo.

¡Oh primera, pura, libre
juventud al placer entregada!
¡Oh dulce intoxicación de los sentidos!
Temo que alguna vulgaridad
abuse de tu forma divina.


Frente a la iluminada vitrina de un estanco
junto a otros, se detienen.
De repente, sus miradas se cruzan
mostrando, tímidamente, sus deseos.
Luego, caminando hacia la acera
sonríen, aceptándose.

Después el coche cerrado...
El cálido contacto de la carne,
el abrazo de los labios y de las manos.

Jura una y otra vez rehacer su vida.
Pero cuando llega la noche con sus consejos,
sus compromisos y promesas,
cuando la noche llega con la fuerza
de un cuerpo que pide y necesita
él retorna, perdido, a su fatal deseo.

Cesarión

En parte para verificar los sucesos de cierto período,
en parte para matar una hora o dos,
anoche tomé y leí
un volumen de inscripciones sobre los Ptolomeos.
Los elogios pródigos y las lisonjas son idénticas
para cada uno. Todos son brillantes,
gloriosos, poderosos, benévolos;
cada cosa que emprenden está llena de sabiduría.
Otro tanto para las mujeres de su tiempo, Berenices y Cleopatras,
ellas también, todas, son maravillosas.
Cuando encontré los datos que quería
iba a dejar el libro, pero una rápida
e insignificante mención al rey Cesarión
llamó mi atención...
Así llegaste con tu indefinible encanto.
Poco se ha escrito de ti en la historia,
y puedo modelarte libremente en mi mente.
Te hice bien parecido y sensible.
Mi arte da a tu rostro
una soñada, atractiva belleza.
Y tan bien te imagine
que ayer, en alta noche,
mientras mi lámpara se apagaba -deliberadamente dejé que se apagara-
creí que entrabas en mi cuarto,
creí que ante mi estabas, como has debido estar
en esa vencida Alejandría que perdías,
pálido y agotado, perfecto en el dolor,
esperando que de ti se apiadasen
los abyectos que murmuraron: "demasiados Césares".


A pleno Sol
Estaba yo una noche después de la cena en el Casino de San Esteban, en Ramilíou. Mi amigo Alejandro A., que paraba en el mismo Casino, nos había invitado a mí y a otro joven muy allegado nuestro a cenar con él. Como esa noche no había música, fue poca gente y mis dos amigos y yo teníamos todo el lugar a nuestra disposición.
Hablamos de diferentes temas y, como no éramos muy ricos, de manera bastante natural comenzamos a hablar de dinero, de la independencia que proporciona y de los placeres que lo acompañan.
Uno de mis amigos decía que hubiera querido tener tres millones de francos y comenzó a explicar lo que querría hacer y sobre todo lo que dejaría de hacer si tuviera esa gran cantidad.
A mi, menos pretencioso, me bastaban los veinte mil francos de ingreso anual que tenía.
Alejandro A. dijo:
"Si yo hubiera querido tendría ahora no sé cuántos millones, pero no me atreví".
Estas palabras nos parecieron extrañas. Conocíamos bien la vida de nuestro amigo A. y no recordábamos que se le hubiera presentado ocasión de ser multimillonario, por eso pensamos que no hablaba en serio y que terminaría contándonos algún chiste al respecto. Pero como él continuara muy serio le pedimos que nos explicara su enigmática frase. Vaciló por un momento, pero después dijo:
"Si estuviera con otra gente, digamos, por ejemplo, entre los que se llaman "hombres ilustrados", no lo explicaría, porque se burlarían de mí. Pero nosotros estamos un poquito más allá de los llamados "hombres ilustrados", es decir, nuestro perfecto desarrollo espiritual nos ha llevado a la simplicidad; pero a una simplicidad sabia. Hemos recorrido todo el ciclo. Por lo tanto, naturalmente, hemos vuelto al punto de partida. Los otros se han quedado en la mitad. No saben ni se imaginan dónde termina el camino".
Estas palabras no nos sorprendieron en absoluto. Teníamos un excelente concepto, cada uno de si mismo y de los otros dos.
"Sí - repitió Alejandro - si me hubiera animado seria multimillonario, pero tuve miedo.
Es una historia de hace diez años. No tenía mucho dinero entonces, lo mismo que ahora, o más bien no tenía ningún dinero, pero de una manera u otra me las arreglaba bastante bien. Vivía en una casa en la calle Sherif Pachá que pertenecía a una viuda italiana. Tenía tres habitaciones bien amuebladas y un sirviente, además de los servicios de la dueña que estaba a mi entera disposición.
Una noche habla ido al Rossini y después de escuchar unas cuantas necedades, decidí en mitad de la reunión irme a dormir porque al día siguiente tendría que despertarme temprano para una excursión a Abukir, a la cual me habían invitado.
Llegando a mi cuarto comencé a caminar según mi costumbre, reflexionando sobre los acontecimientos del día. Pero como no había nada de interés especial sentí sueño y me acosté.
Debí haber dormido una hora y media o dos sin soñar porque a la una de la madrugada me despertaron ruidos de la calle y no recordaba ningún sueño. Me volví a dormir hacia la una y media y entonces me pareció que entró en mi habitación un hombre de mediana estatura, de unos 40 años. Vestía un traje negro bastante viejo y un sombrero de paja. En la mano izquierda llevaba una sortija con una esmeralda muy grande. Eso me impresionó, era como si estuviera en desacuerdo con el resto de su vestimenta. Tenía barba negra con muchos pelos canos y algo de extraño en los ojos, una mirada entre burlona y melancólica. Su apariencia general, sin embargo, era la de un tipo común. Esa clase de hombres de los hay muchos. Le pregunté que quería de mí. No contestó al instante, sino que me miró por unos momentos como con sospecha o como si me examinara para asegurarse de que no se equivocaba. Después me dijo, el tono de su voz era humilde y servil. - Eres pobre, lo sé. Vine a indicarte una manera de hacerte rico: cerca de la columna de Pompeyo, conozco un lugar donde hay escondido un gran tesoro. Yo del tesoro no quiero nada, tomaré sólo una pequeña caja de hierro que se encuentra en el fondo. Todo lo demás será tuyo.
¿Y de qué se compone ese gran tesoro? pregunté.
- De monedas de oro - me dijo - pero sobre todo de piedras preciosas. Tiene diez o doce cajas de oro llenas de diamantes, perlas y creo, dijo como tratando de recordar, zafiros.
Me preguntaba por qué no iba él mismo a buscar lo que quería y qué necesidad tenía de mí. No me dio tiempo a explicarme.
- Leo tus pensamientos. Te preguntas por qué no voy yo solo a coger lo que quiero. Existe un motivo, que no te puedo explicar, que me lo impide. Hay algunas cosas que ni yo mismo puedo hacer.
Cuando dijo "yo mismo" algo como un centelleo brilló en sus ojos y una terrible majestad le transfiguró por un instante. Pero enseguida reasumió su actitud humilde.
- Así que me harás un gran favor si vienes conmigo. Tengo absoluta necesidad y te escojo a ti porque deseo tu bien. Ven mañana a verme. Te esperaré entre el mediodía y las cuatro de la tarde en la Plaza Menor, en el café que está cerca de la herrería.
Con estas palabras desapareció.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, al principio no me vino a la mente el sueño en absoluto. Pero después de lavarme y cuando me senté a desayunar volvió a mi memoria y me pareció bastante extraño. Ojalá fuera cierto, me dije. Y después lo olvidé.
Fui de excursión al campo y me divertí mucho. Éramos bastante gente, unas treinta personas, hombres y mujeres. Estábamos muy alegres. Pero no os contaré los incidentes de este día porque no viene el caso."
Aquí mi amigo D. observó:
- Y estaría de más, por lo menos en lo que a mi respecta. Yo, si mal no recuerdo, fui a esa excursión.
¿Fuiste? No te recuerdo.
¿No era la excursión que organizó Marcos G. antes de partir definitivamente para Inglaterra? ¡Si, claro! ¿Recuerdas qué bien lo pasamos? Buenas épocas aquellas. 0 más bien, épocas pasadas. Que es lo mismo.
"Pero volviendo a nuestro tema: regresé bastante cansado y bastante tarde. Apenas tuve tiempo de cambiarme de ropa y comer, y después fui a la casa de una familia amiga donde se daba una velada y habría juego de naipes. Allí me quedé hasta las dos y media de la madrugada. Gané 150 francos y volví a casa muy contento. Me acosté, pues, con el corazón muy feliz y me dormí inmediatamente a lo que no contribuyó poco el cansancio del día.
Pero apenas el sueño se había apoderado de mi, me pasó algo extraño. Vi que había luz en la habitación y me pregunté por qué no la había apagado antes de acostarme, cuando vi venir del fondo - era bastante grande mi cuarto - del lado de la puerta, un hombre al cual reconocí inmediatamente. Estaba vestido con el mismo traje negro y llevaba el mismo sombrero de paja. Pero esta vez parecía disgustado y me dijo.
- Te esperé por la tarde hasta las cuatro en el café. ¿Por qué no viniste? Te propongo hacerte rico y no te inmutas. Estaré hoy por la tarde otra vez en el café, desde mediodía hasta las cuatro. Espero que no faltes.
Después desapareció como la primera vez. Pero yo ahora me desperté muy sobresaltado. La habitación estaba oscura. Encendí la luz. El sueño había sido tan real, tan vivo que me quedé asombrado, abrumado. Tuve la debilidad de ir a ver si la puerta estaba cerrada con llave. Y estaba cerrada. Como siempre. Miré el reloj. Eran las tres y media. Me había acostado a las tres.
No os lo oculto y no me avergüenzo en absoluto de decirlo, estaba enormemente impresionado. Tenía miedo de cerrar los ojos, no sea que al dormirme volviera a ver a mi fantástico visitante. Me senté en una silla muy agitado. A eso de las cinco comenzó a amanecer. Abrí la ventana y miré hacia la calle que despertaba poco a poco. Varias puertas se habían abierto y pasaban algunos lecheros madrugadores y los primeros carros de los panaderos. La luz me tranquilizó un poco y me acosté de nuevo y dormí hasta las nueve.
A las nueve, cuando me desperté y recordé la agitación de la noche la impresión comenzó a perder mucha de su tensión. Me preguntaba entonces por qué me había conmovido tanto, se tienen tantas pesadillas ¡y yo mismo he tenido tantas en mi vida! Por otra parte eso casi ni era pesadilla. Es cierto que lo había soñado dos veces. ¿Y con eso qué? Y, en primer lugar, ¿era cierto que lo había soñado dos veces? ¿O era que soñé que había visto antes a ese hombre? Pero, escrutando bien mi memoria abandoné esa idea. Era seguro que había existido ese sueño la noche anterior. ¿Pero, aún así, qué había de extraño? Parece que el primer sueño habla sido muy vivo y me había dejado muy impresionado: por eso lo volví a soñar. Aquí, sin embargo, mi lógica fallaba un poco. Porque recordaba bien que el primer sueño no me había causado gran impresión. Durante todo el día que le siguió no había pensado en él ni por un momento.
En la excursión y en la velada pensé en cualquier otra cosa menos en el sueño. Pero esto, ¿qué importaba? ¿No sucede a menudo que se sueña con personas que no se han visto durante muchos años y en las cuales tampoco se ha pensado por mucho tiempo? Parece, pues, que el recuerdo de esas personas queda grabado en algún lugar del alma y de pronto surge en el sueño. Entonces ¿qué hay de extraño que uno vuelva a soñar cosas que se han visto veinticuatro horas antes, aun cuando en el transcurso del día no se haya pensado en ello? Después me dije que quizás había leído algo sobre algún tema parecido.
Finalmente me cansé de pensar y me dispuse a vestirme. Tenía que ir a una boda y, al momento, el hecho de pensar y elegir lo que vestiría apartó por completo de mi memoria el recuerdo del sueño. Después me senté a desayunar y para pasar de algún modo el tiempo me puse a leer una revista editada en Alemania "La Tarde", creo.
Fui a la boda, a la que había concurrido toda la alta sociedad de la ciudad. yo tenía entonces muchas relaciones y por eso repetí infinitas veces, después de la ceremonia, que la novia estaba muy hermosa, sólo que un poco pálida, y que el novio era un buen muchacho y que además tenía dinero y cosas por el estilo. La boda terminó más o menos a las once y media de la mañana y después me fui a la estación Bulkly para ver una casa que me habían recomendado, y que debía alquilar para una familia alemana de El Cairo que pensaba pasar el verano en Alejandría. La casa, realmente, estaba bien ventilada y tenia una buena distribución aunque no era tan grande como me habían dicho. Sin embargo prometí a la propietaria recomendar la casa como adecuada. La señora se deshizo en agradecimientos y para conmoverme me contó todos sus pensamientos, cómo y cuándo había muerto su marido, cómo había visto Europa, cómo no era mujer para alquilar su casa, cómo su padre había sido médico de no recuerdo qué Pachá, etc. Cumplido ese deber volví a mi casa. Llegué a la una y comí con gran apetito. Cuando terminé de comer, y después de haber bebido mi café, salí para ir a ver a un amigo que vivía en un hotel próximo al café Paraíso a organizar con él algo para la tarde. Era el mes de agosto y el sol estaba bastante ardiente.
Bajé, lentamente para no transpirar, la calle Sherif Pachá. La calle, como siempre, a esa hora estaba desierta. Encontré solamente a mi abogado, que se ocupaba de las escrituras de venta de un pequeño terreno en Moharembey. Era el último lote de un terreno bastante grande que yo iba vendiendo poco a poco para cubrir en parte mis gastos. El ahogado era un hombre honesto y por eso lo había escogido. Pero era charlatán. Hubiera sido mejor que me robara un poco y no que me torturara la cabeza con sus imbecilidades. Por la menor cosa comenzaba un interminable discurso, que si el derecho mercantil, me decía, que si el derecho romano; metía a Justiniano, aludía a antiguos procesos que había tenido en Esmirna, se autoelogiaba, me explicaba miles de cosas que no venían a cuento para nada; y me agarraba de la ropa, cosa que odio. Tenía que soportar la charla de ese imbécil, porque en algún momento, cuando se extinguía el flujo de su palabrerio, trataba de enterarme de cómo iba el asunto de la venta, lo cual para mi era de vital interés. Estos intentos me apartaron de mi camino y me hicieron seguir el suyo. Pasamos la Plaza de los Cónsules por la acera de la Casa de Cambio, pasamos la callejuela que une la Plaza Mayor con la Plaza Menor y, por fin, cuando llegamos al centro de la Plaza Menor, había reunido todas las informaciones que quería y mi abogado me dejó recordando que tenía que visitar aun cliente que vivía por allí. Me quedé parado un momento y le miraba alejarse maldiciendo ese palabrerío que en medio de tanto calor y tanto sol me hizo desviarme de mi camino.
Me disponía a volver sobre mis pasos para dirigirme a la calle del café Paraíso cuando, de pronto, la idea de que me encontraba en la Plaza Menor me pareció extraña. Me pregunté por qué y recordé mi sueño. Aquí es donde el famoso poseedor del tesoro me dio cita, me dije a mí mismo, y sonreí; mecánicamente volví la cabeza hacia el lugar donde había varias herrerías.
¡Horror! Allí estaba el pequeño café y allí, sentado, él. Mi primera impresión fue de total mareo y pensé que me desplomaría. Me apoyé en una columna y lo miré otra vez. El mismo traje negro, el mismo sombrero de paja, la misma fisonomía, la misma mirada. Y me observaba sin pestañear.
Mis nervios se tensaron de tal manera que mi interior se había convertido en hierro, tal era mi impresión. La idea de que era pleno mediodía, que pasaba gente indiferente pensando que nada de extraordinario sucedía, que yo, sólo yo sabía que estaba pasando algo terrible, que había allí un fantasma cuyos poderes nadie conocía y que venía de quién sabe qué desconocida esfera - de qué Infierno o de qué Erebo - me paralizaba y me puse a temblar. El fantasma no apartaba sus ojos de mí. Entonces se apoderó de mí el terror de que se levantara y se me acercara y acaso me llevara con él, y si eso sucedía, !a qué poder humano podría yo pedir auxilio! Me precipité y di al cochero una dirección lejos de allí, no recuerdo cuál.
Cuando reaccioné un poco, vi que casi había llegado a Sidi Gabir. Estaba un poco más tranquilo y comencé a analizar las cosas. Ordené al cochero volver a la ciudad. Estoy loco, pensé, sin duda me engaño. Seguramente era alguien que se parecía al hombre de mi sueño. Tengo que volver para comprobarlo. Posiblemente se ha ido y eso será una prueba de que no era el mismo, porque él me dijo que me esperaría hasta las cuatro.
Pensando en esto había llegado hasta el teatro Sizinia y allí, apelando a todo mi coraje, ordené al cochero llevarme hasta la Plaza Menor. Mi corazón parecía a punto de estallar cuando me acercaba al café. A poca distancia hice detener el coche. Di un tirón del brazo tan violento, al cochero, que por poco se cae de su asiento, porque yo veía que se acercaba demasiado al café y porque el fantasma estaba todavía allí.
Entonces me puse a mirarlo detenidamente tratando de encontrar alguna diferencia con el hombre de mi sueño, como si no bastara para convencerme de que era él la causa de estar yo sentado en el coche mirándome fijamente; porque si él hubiera sido otra persona eso le hubiera extrañado y me hubiera pedido explicaciones. Al contrario, el correspondía a mi mirada con una mirada igualmente fija y con una expresión de gran inquietud frente a la decisión que yo iría a tomar. Parece que penetró mis pensamientos como los había penetrado en mi sueño y para quitarme toda duda sobre su identidad volvió hacia mi su mano izquierda y me mostró - tan claramente me lo mostró que tuve miedo que lo observara el cochero - la sortija, con la esmeralda que me había impresionado la primera vez que lo soñé.
Se me escapó un grito de horror y dije al cochero - que comenzaba a dudar ahora de la salud mental de su cliente - que marchara hacia la Avenida Ramilíou. Mi única intención era alejarme. Cuando llegué a la Avenida Ramilíou le dije que se dirigiera hacia San Esteban, pero como vi que el cochero vacilaba y murmuró algo, bajé y pagué. Paré otro coche y le ordené que me llevara a San Esteban.
Al llegar me sentía mal. Cuando entré en el salón del Casino me asusté al ver mi cara en el espejo. Estaba pálido como un cadáver. Afortunadamente no había nadie en el salón. Me dejé caer en un sofá y comencé a pensar en lo acontecido. Volver a mi casa era imposible. Volver otra vez a aquella habitación donde había entrado por la noche, como sombra sobrenatural, AQUEL a quien acababa de ver sentado en el café, bajo la forma de un hombre común, estaba fuera de cuestión. Esto era ilógico, porque seguramente él tenía la posibilidad de encontrarme en cualquier parte. Pero ya hacia rato que yo había dejado de pensar de manera coherente. Finalmente tomé una decisión. Pensé dirigirme a mi amigo G.B., que vivía entonces en Moharembey.
- "¿Cuál G.B. - pregunté -, aquel excéntrico que se dedicaba al estudio de la magia?"
"El mismo. Y eso precisamente es lo que me hizo escogerlo. Cómo tomé el tren, cómo llegué a Moharembey, cómo miraba a derecha e izquierda como enloquecido, no fuera que apareciese el fantasma otra vez a mi lado, cómo me presenté en la casa de G.B., lo recuerdo sólo confusamente. Sólo recuerdo que cuando me encontré junto a él comencé a llorar histéricamente y a temblar de pies a cabeza mientras le contaba mi horrible peripecia. G.8. trataba de tranquilizarme y medio en serio medio en broma me dijo que no temiera, que a su casa no se atrevería a venir el fantasma y que si viniera él lo echaría inmediatamente. Debía conocer esa clase de presencias sobrenaturales y sabia la manera de ahuyentarlas. Por otra parte me rogó que me convenciera de que no había ningún motivo de temor porque el fantasma había venido a mi con una intención determinada: apoderarse de la "caja de hierro", la cual no podía tomar al parecer sin la presencia y la ayuda de algún hombre. Que este intento había fracasado y que ya comprendería, por mi miedo, que no quedaba más esperanza de conseguirlo. Indudablemente iría a convencer a otro. G.B. solamente lamentaba que yo no le hubiese informado a tiempo, para así ir él mismo a ver el fantasma y hablarle, puesto que, agregó, en la Historia de los Fantasmas la aparición de esos espíritus o demonios a la luz del día es muy rara. Sin embargo todo esto no me tranquilizó por completo. Pasé una noche muy agitada y a la mañana siguiente me desperté con fiebre. La ignorancia del médico y la excitada situación de mi sistema nervioso me produjeron una fiebre encefálica por la cual podría haber muerto. Cuando mejoré un poco, pregunté qué día era. Me había enfermado el 3 de agosto y suponía que sería el 7 ó el 9. Era el 2 de septiembre.
Un pequeño viaje a una isla del Egeo aceleró y completó mi convalecencia. Durante todo el tiempo de mi enfermedad estuve en la casa de mi amigo B., que me atendió con la bondad que conocéis. Lamentaba sin embargo en su interior no haber tenido suficiente carácter para echar al médico y curarme con sus medios mágicos, los cuales, creo yo también, que, por lo menos en este caso, me hubieran curado más rápidamente que el médico.
He aquí, amigos míos, la oportunidad que he tenido de ser millonario. Pero no me atreví. No me atreví y no me arrepiento...
Aquí terminó Alejandro. La profunda convicción y la gran simplicidad con que desarrolló su narración nos impidió comentarla. Por otra parte eran las 12 y 27. El último tren para la ciudad partía a las 12 y 30: tuvimos que despedirnos y salir apresuradamente









Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca

debes rogar que el viaje sea largo,

lleno de peripecias, lleno de experiencias.

No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,

ni la cólera del airado Posidón.

Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta

si tu pensamiento es elevado, si una exquisita

emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.

Los lestrigones y los cíclopes

y el feroz Posidón no podrán encontrarte

si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,

si tu alma no los conjura ante ti.

Debes rogar que el viaje sea largo,

que sean muchos los días de verano;

que te vean arribar con gozo, alegremente,

a puertos que tú antes ignorabas.

Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,

y comprar unas bellas mercancías:

madreperlas, coral, ébano, y ámbar,

y perfumes placenteros de mil clases.

Acude a muchas ciudades del Egipto

para aprender, y aprender de quienes saben.

Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:

llegar allí, he aquí tu destino.

Mas no hagas con prisas tu camino;

mejor será que dure muchos años,

y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,

rico de cuanto habrás ganado en el camino.

No has de esperar que Ítaca te enriquezca:

Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.

Sin ellas, jamás habrías partido;

mas no tiene otra cosa que ofrecerte.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.

Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,

sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.






Nació en Alejandría en 1863 y allí murió en 1933. Fue el noveno hijo de unos prósperos comerciantes fanariotas de Constantinopla. Su madre Khariklia Ptiadis sólo tenía catorce años cuando casó con su padre, Pedro Kavafis, y tras contraer matrimonio se establecieron en Liverpool. Se dedicaron a la exportación de telas de algodón.

Parece ser que regresaron a Alejandría para continuar con el negocio, y cuando Constantino sólo contaba siete años falleció su padre dejándoles en precaria situación económica.

Aunque Khariklia regresó a Liverpool con el fin de rehacer el negocio de su marido, la falta de experiencia de sus hijos desbarató estos intentos llevándoles a la ruina definitiva.

A pesar de estos contratiempos los años que pasó Kavafis en Inglaterra fueron decisivos en su formación. Escribió sus primeros poemas en los que se aprecia la influencia de Shakespeare, Browning Wilde...
Kavafis elaboró y corrigió algunos de sus poemas durante más de diez años. No fue una obra extensa, pero sí profunda y preciosista en la que hace hincapié en la mitología griega. Deja entrever difíciles estados de ánimo que le embargan debido a su condición homosexual que él aborda sin tapujos en su poesía. Por ello, posiblemente, fue durante años ignorado.

Uno de sus argumentos recurrentes es la debilidad humana ante la atracción física ligada, casi siempre, al sentimiento de culpa cristiano, y la impotencia ante el paso del tiempo

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